CAPITULO I
Era rubia, era guapa, y podía
conseguir lo que quisiera. Pero allí estaba, sentada al pie de una chimenea que
no era la mía, con un pijama prestado y en una casa que estaba lejos de estar a
mí alcance. Suspiré. No podía creer todo lo que había pasado en mi vida los
últimos años; había sido un desastre, en pocas palabras.
Cuando salí de Rusia no imagine
que iba a tener que lidiar con todo aquello; era una niña, por supuesto, y tenía
la esperanza de que mi llegada a New York me abriera las puertas a nuevas
oportunidades. También quería huir, debo admitirlo, pero no es algo que digo en
voz alta solo porque no quiero reconocerme a mí misma el miedo que siento al
pensar en lo que me obligo a salir de Sochi. Mi hermano. A eso se resume todo. Sé
que no tuvo la culpa de lo que paso o, más bien, que fue culpa de ambos… Sea
como sea, rememorar la escena aun causa que un escalofrío recorra mi columna, y
por eso cierro los ojos y me reclino en el sillón, mientras el rostro de mi
hermano se empieza a dibujar en mi mente. Mientras eso pasa, consigo ver apenas
el movimiento de la mano de Dante sobre mi cadera. Estamos en la ducha de la
nueva casa que mi madre consiguió cuando nos mudamos de Moscú y nos
establecimos en Sochi. Dante había llegado hace treinta minutos de la
secundaria, donde cursaba su último año, y ahora estaba tomando un baño; un
baño en el que yo me había colado. No sabía si fueron las hormonas o realmente
había empezado a ver a mi propio hermano como un hombre en mi vida, alguien con
el que quería estar. Suspiro, y regreso a mi recuerdo. Cierro los ojos con
fuerza cuando logro rememorar la sensación del brazo de mi hermano enredado en
mi cintura, atrayéndome hacia él. Mi vientre choca con algo duro, y apenas
caigo en cuenta de que se trata de su miembro erecto; elevo mi rostro hacia él,
solo para conseguir ser atrapada por sus labios deseosos. Instintivamente me
pego más a él, y mis pezones duros chocan contra su pecho.