viernes, 14 de agosto de 2015

CAPITULO I

Era rubia, era guapa, y podía conseguir lo que quisiera. Pero allí estaba, sentada al pie de una chimenea que no era la mía, con un pijama prestado y en una casa que estaba lejos de estar a mí alcance. Suspiré. No podía creer todo lo que había pasado en mi vida los últimos años; había sido un desastre, en pocas palabras.

Cuando salí de Rusia no imagine que iba a tener que lidiar con todo aquello; era una niña, por supuesto, y tenía la esperanza de que mi llegada a New York me abriera las puertas a nuevas oportunidades. También quería huir, debo admitirlo, pero no es algo que digo en voz alta solo porque no quiero reconocerme a mí misma el miedo que siento al pensar en lo que me obligo a salir de Sochi. Mi hermano. A eso se resume todo. Sé que no tuvo la culpa de lo que paso o, más bien, que fue culpa de ambos… Sea como sea, rememorar la escena aun causa que un escalofrío recorra mi columna, y por eso cierro los ojos y me reclino en el sillón, mientras el rostro de mi hermano se empieza a dibujar en mi mente. Mientras eso pasa, consigo ver apenas el movimiento de la mano de Dante sobre mi cadera. Estamos en la ducha de la nueva casa que mi madre consiguió cuando nos mudamos de Moscú y nos establecimos en Sochi. Dante había llegado hace treinta minutos de la secundaria, donde cursaba su último año, y ahora estaba tomando un baño; un baño en el que yo me había colado. No sabía si fueron las hormonas o realmente había empezado a ver a mi propio hermano como un hombre en mi vida, alguien con el que quería estar. Suspiro, y regreso a mi recuerdo. Cierro los ojos con fuerza cuando logro rememorar la sensación del brazo de mi hermano enredado en mi cintura, atrayéndome hacia él. Mi vientre choca con algo duro, y apenas caigo en cuenta de que se trata de su miembro erecto; elevo mi rostro hacia él, solo para conseguir ser atrapada por sus labios deseosos. Instintivamente me pego más a él, y mis pezones duros chocan contra su pecho.



— Irina — escucho que dicen. Pero esa voz no es la de mi hermano, y no pertenece a ninguna parte de mi recuerdo; así que frunzo el ceño de forma inmediata, hasta que consigo caer en cuenta de que me hablan desde algún lugar de la realidad y no se trata de mi cabeza jugándome una mala broma. De forma que abro los ojos a regañadientes, solo para encontrarme a una muy emocionada Rayna. Me observa durante unos segundos, analizando mi respiración agitada, de la que apenas yo me he dado cuenta; supongo casi inmediatamente que estoy sonrojada, pero procuro no pensar en ello para que no sea más difícil intentar disimular la línea que seguía mí recuerdo — ¿Otra pesadilla? — pregunta ella. Casi puedo suspirar de alivio cuando la castaña no acierta con su escrutinio pero, en lugar de eso, decido asentir apenada. Una sonrisa condescendiente se dibuja en el rostro de mi mejor amiga, quien no tarda en palmear suavemente mi hombro y sentarse a mi lado en el sillón.

Estábamos en su casa o, mejor dicho, yo estaba allí desde unos meses atrás, cuando me fue imposible quedarme en la mía. Resulta absurdo incluso sugerir que alguna vez tuve una casa en New York. En realidad, vivía con mis tíos en Queens, en un apartamento; mi padre había sido un norteamericano que estudio como alumno de intercambio en Moscú, en la misma universidad donde mi abuelo impartía clases, y de allí que pudiese conocer a mi madre. Pero mi padre había dejado una pequeña familia en New York, y esos eran mis tíos; una pareja con dos hijos de mi edad, o más o menos. Lo cierto es que nunca me preocupe por preguntarles la edad a aquellos chicos; me bastaba con notar las miradas lascivas que me dirigían. Viví con miedo durante mucho tiempo. Miedo de que esas miradas un día dejaran de serlo. Miedo a que sus miradas se transformaran en acciones. He tenido pesadillas con respecto a eso, una y otra vez, como si eso fuese tal vez mi peor miedo.

— Irina, no pasa nada. Nadie te va a hacer nada en esta casa — empezó a hablar Rayna. Estoy algo distraída, rememorando una y otra vez la pesadilla que había tenido esa noche, así que no le presto demasiada atención cuando vuelve a hablar — ¿Quieres contarme sobre tu pesadilla? — sugiere mi amiga, y apenas soy consciente de que me ha hecho una pregunta directa.

— No es nada distinto a lo que ya he soñado — respondo con un marcado acento ruso. Aunque no quiero hablar de ello, la escena se empieza a reproducir en mi cabeza otra vez.

Despierto en un mullido sillón. Es lo único cómodo del lugar en el que estoy durmiendo; en el ambiente hay un olor a humedad y a podrido, pero intuyo que eso último tiene que ver con la pizza que mi familia trajo la noche anterior. Apenas se me había permitido comer un pedazo de ella, pero igual no tenía demasiada hambre. Antes de darme cuenta, ya estoy de pie, caminando hacia la cocina; las tablas crujen bajo mis pies y recuerdo lo viejo que es el pequeño apartamento de mis tíos. Elevo mi vista al techo, donde las telarañas cuelgan  y suspiro resignada porque no soy lo suficientemente alta aun como para alcanzarlas. Tengo apenas quince años. Vuelvo mi atención a la cocina y el desastre en ella; hay platos sucios por doquier a pesar de que había pasado toda la tarde anterior limpia, porque yo misma me había encargado de que asi fuera. Pero no tengo tiempo para molestarme, simplemente empiezo a limpiar con calma; hasta que siento que algo me empuja contra el mesón, acorralándome. Mi respiración se empieza a agitar cuando siento el aliento tibio de alguien sobre mi cuello. No tengo la fuerza para zafarme, mientras unas manos recorren mi cadera y descienden por mis muslos, elevando completamente mi vestido en aquella zona, dejándome apenas cubierta por mis bragas. Intento bajar mi vestido y luchar con esas manos, pero vuelven a empujar contra mí, y esta vez siento algo duro en mis nalgas. Grito, o al menos lo intento. La voz no sale de mis labios. De pronto el sueño pierde cualquier sonido y yo no puedo hacer nada contra el hombre que está a mi espalda; cierro los ojos con fuerza cuando rompe mi vestido y me siento desnuda y vulnerable. Mis bragas son bajadas y una carne dura golpea mi piel. Se lo que es eso e intento que mis manos respondan, pero no lo hacen. Estoy de pie allí, sin poder gritar o hacer que mis manos respondan. Aquel hombre me gira con fuerza, para quedar frente a él, y mis ojos se abren de golpe. Era mi padre.

— Irina — la mirada preocupada de Rayna me recibe, cuando regreso de mi trance — ¿Estas bien? — pregunta; supongo que lo hace porque me ausente mucho rato. Pero pronto me doy cuenta que lo hace porque algo húmedo estaba corriendo por mis mejillas. Estaba llorando ante lo vivido de aquel recuerdo, y ni siquiera me había percatado.

Mi padre era un hombre bueno, lo sé. Lo había perdido cuando tenía doce años, por un accidente que le costó la vida, tras intentar salvar la de mi madre. Él había sido arrollado por un auto luego de empujar a la mujer de su vida, para evitar que ella sufriera daño. Si eso no era un acto de amor ¿entonces que era? ¿Cómo podía soñar tan siquiera que mi padre podía hacerme ese daño? Cierro los ojos. Mi sueño no tiene sentido.

— Estoy bien — consigo decirle a Rayna, pero mi voz sale entrecortada.

No me doy cuenta del momento en el que mi amiga llama a Sue, el ama de llaves, y le pide que traiga un té, pero unos minutos después lo tengo frente a mí. Tomo la taza y le doy un sorbo, y aunque me quemo la lengua, no digo nada mientras lo dejo en la mesa frente al sillón.

  — Sé que no quieres hablar de tus pesadillas, Irina. Pero en serio mis padres y yo estamos muy preocupados por ti — empieza a hablar Rayna. Sé que está siendo sincera, de lo contrario,  el Sr. y la Sra. Haschwalth jamás me habrían dejado quedarme tanto tiempo en su casa — Mi madre me ha dicho que podríamos conseguir un psicólogo. Podemos hacer que superes… sea lo que sea que tengas que superar — mi amiga no parece muy convencida de sus palabras.

— ¿Sea lo que sea? — pregunto con un dejo de irritación en mi voz.

— Es decir… Vamos, Irina, tus tíos no fueron los mejores, pero al menos te dieron techo, comida, y educación. Tus primos no te hicieron nada… No sé porque estas teniendo esos sueños.

— Me echaron a la calle, Rayna. Mi familia decidió que no podían tenerme más y simplemente tiraron mis cosas a la calle — mi voz suena entrecortada, porque me cuesta decir esa verdad en voz alta.

La chica parece detenerse a pensar las palabras adecuadas, pero ambos sabemos que ella tiene razón. Mi vida fue un infierno con mis tíos, sí, pero no tengo porque vivir atormentada con esas pesadillas. No tengo que soñar que mi propio padre abusa de mí. Pero Rayna no sabe la historia de mi hermano, otro recuerdo que me atormenta día y noche. A Dante lo veo a diario en mis recuerdos, como si algo me obligara a recordar el encuentro una y otra vez. Estoy consciente de que fue un error… Pero una parte de mi mente, piensa que si pudiese regresar el tiempo, tampoco borraría el error.

— Nena, solo digo que podemos ayudarte — sugiere mi amiga. Parece que se ha rendido, así que asiento para dar por terminado el tema. Sin embargo, nuestro encuentro no parece haber terminado. 

— Bueno, ¿Qué tal esto? Tengo una invitación para ti — me extiende un sobre que no dudo en tomar.
Me doy cuenta de que el sobre tiene impreso mi nombre. Irina T. Hill. Estoy algo intrigada por lo que Rayna trajo, así que abro el sobre, para darme cuenta de que se trata de una invitación, que leo con rapidez. Al parecer, era un evento el fin de semana en Los Hampstons.

— ¡¿No es fenomenal?! — chilla de alegría, aunque no entiendo bien porque — El viernes cumples 18 años, y podremos celebrarlo el fin de semana en la casa de playa. Iremos todos. ¡Al fin conocerás a mis amigos! ¿No estas feliz? — para ese momento, Rayna ya había comenzado a moverse rápido por la habitación, y poco se entendía de lo que decía — Tengo que buscar la ropa que usaras. Sera algo estupendo. Si, tiene que asentar tus curvas. Vamos, lo mío no sirve... No. Tienes más pechos que yo. Oh Dios tienes unas enormes T…

— Rayna — la interrumpí — No quiero ir.

El rostro de la castaña decayó de forma inmediata. No quería hacerle pasar un mal rato a Rayna, especialmente porque sabía cuánto me había ayudado, pero tampoco quería estar en el medio de un nido de víboras. Sabía que Rayna y su hermano eran distintos, o al menos sabía que mi amiga si lo era; pero la elite americana podía ser bastante cruel y, si, tenía mucho miedo. Sentía curiosidad por saber lo que se sentía vestir ropa de diseñador y no la misma ropa que tengo desde hace dos años o más. Incluso puedo sentir como esta algo desconocida y me queda ceñida en los pechos, pero debo admitir que no estoy segura de arriesgarme en un evento de sociedad.

Rayna y yo nos habíamos conocido por casualidad, cuando ella y su hermano iban a una escuela pública. Para ese entonces, el Sr.Haschwalth no tenía la fortuna que tiene ahora; pero de un año para acá su carrera como empresario fue en ascenso, y consiguió cambiar a sus hijos a un colegio privado. Sin embargo, Rayna y yo no perdimos el contacto. Pero Rayna es dulce, e inteligente, y amistosa ¿Quién no querría ser su amigo? Además, es educada y tiene un puesto asegurado en la sociedad por el dinero de su padre. En cambio, ¿Quién soy yo?

— ¿Qué estás diciendo? — el ceño de la castaña seguía fruncido. Suspiro, porque no quiero discutir con ella, especialmente porque llevarle la contraria a esa chica es bastante difícil — No voy a dejar que pases tu cumpleaños sola. Desde que nos conocemos, siempre lo hemos pasado juntas. Irina, por favor, he esperado todo el año por este evento en los Hampstons…. No me digas que tengo que decidir.

— No te estoy pidiendo que decidas, Rayna. Puedes ir a tu evento — una parte de mi cerebro, sin embargo, casi me obliga a gritarle que no podía dejarme sola.

— Quiero que vayas — y allí estaba el puchero de la menor de los Haschwalth. Ruedo los ojos y suspiro. Y eso es todo. Sé que estoy perdida.

No hay comentarios:

Publicar un comentario